¿Para qué sirve un árbol… en la ciudad?

Nadie duda de que la presencia de árboles en nuestras calles contribuye a mejorar la calidad del espacio público y resulta gratificante a la vista. Pero ¿es eso todo? La respuesta es rotundamente no: existe un extraordinario repertorio de servicios y prestaciones de las que nos beneficiamos oculto en sus raíces, troncos, ramas y hojas.

Los árboles son, ante todo, seres vivos. Y, sin entrar en disquisiciones de calado más filosófico, la biología tiene una respuesta evidente a cuál es la “función” de un ser vivo, incluido un árbol: sobrevivir, crecer y reproducirse. Para ello disponen de unas estructuras, tejidos y capacidades fisiológicas concretas, diferenciadas para cada grupo taxonómico, fruto de millones de años de evolución. Las especificidades físicas y competencias fisiológicas de cada especie determinan que cada una se encuentre perfectamente adaptada al medio que constituye su área de distribución natural.

Este despliegue de morfologías y funcionalidades no sólo permite la supervivencia de los árboles sino que también ofrece, sin pretenderlo, múltiples servicios útiles en el entorno urbano, peculiar hábitat de otra especie: el ser humano. La forma de la copa de los árboles y la disposición de sus hojas, adaptadas a optimizar la fotosíntesis en un determinado contexto climático, ofrece sombra a eventuales transeúntes que se amparen bajo la misma. La evapotranspiración de las hojas, necesaria para la captación de nutrientes por parte de las raíces, reduce la temperatura del aire en las proximidades. La propia superficie de las hojas facilita la deposición y/o absorción de contaminantes atmosféricos.

Los ejemplos expuestos son una pequeña muestra del extenso repertorio de prestaciones que el arbolado proporciona de forma involuntaria y de las que nos beneficiamos particularmente en el entorno urbano. Sin embargo, su carácter poco evidente y la dificultad de cuantificarlas de manera adecuada, dificultan su reconocimiento y valoración; más aún si se consideran cuestiones más intangibles como los beneficios sobre la salud física y psicológica de las personas.

Dado que la singularidad de cada especie o cultivar de árbol lo hace único en cuanto a la prestación de servicios, cada uno presenta un perfil diferenciado de fortalezas y debilidades desde esta perspectiva. Y por ello, la decisión relativa a qué especies de arbolado viario emplear debe tomarse a conciencia. El Canon de Belloch surge, precisamente, para ayudar a una toma de decisiones informada en este sentido.