La funcionalidad urbana del arbolado

En las últimas décadas se ha avanzado mucho en el desarrollo e implantación de nuevas tecnologías urbanas vinculadas al concepto de ciudad inteligente (“smart city”). Sin embargo, por paradójico que resulte, se ha progresado muy poco en el conocimiento profundo de la interacción de las diferentes especies de arbolado viario con el entorno urbano y en cómo contribuyen a potenciar la calidad ambiental del mismo.

En los tratados de arboricultura urbana la información asociada a las diferentes especies y cultivares se suele centrar en sus caracteres morfológicos y requerimientos ambientales –como el tipo de clima o de suelo en los que se pueden desarrollar o las enfermedades que los afectan, entre otros–. En los más recientes se incluyen también referencias relativas a los beneficios que el verde urbano aporta a la ciudad y sus habitantes aunque, con frecuencia, se trata de menciones genéricas a estas funciones, no sustentadas en parámetros objetivos ni indicadores cuantificados o cuantificables.

Así pues, conocemos razonablemente bien qué árboles pueden adaptarse a un lugar determinado y qué hacer para que prosperen en este entorno hostil. Por el contrario, apenas discernimos qué aportan al medio urbano en su devenir cotidiano y si unas especies pueden ser más adecuadas que otras atendiendo a las prestaciones que interese potenciar. Es lógico que durante mucho tiempo los esfuerzos se hayan concentrado en las primeras cuestiones –en muchos casos mediante un conocimiento adquirido de forma empírica– pero en pleno siglo XXI se impone un salto cualitativo en la manera de entender el rol del árbol en la ciudad y en la indagación sobre sus interacciones mutuas.

No es casual la situación descrita. Existen obstáculos remarcables, que dificultan la realización de estudios rigurosos sobre el papel del arbolado urbano en cuestiones como la regulación climática o la captación de contaminantes; más aún considerando que existen notables diferencias entre especies. Entre otras trabas cabe mencionar la limitada disponibilidad de metodologías estandarizadas de análisis, la multiplicidad de factores (intrínsecos y extrínsecos) que influyen en su parametrización y la complejidad operativa de las mediciones requeridas tanto in situ como en laboratorio.

Por todo ello, existen escasos trabajos científicos orientados a estas materias, y los más exhaustivos se desarrollan a partir de modelizaciones teóricas y/o aproximaciones basadas en trabajos previos. Es el caso del i-Tree, desarrollado por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, que ha servido de base para la evaluación de diversos parámetros relacionados con los criterios de eficiencia y captación de contaminantes analizados en el Canon de Belloch. Sin contar con este recurso, y pese a sus limitaciones, la consideración de estas cuestiones para la confección del catálogo habría sido inviable.

Aún queda mucho por hacer, sin duda. La necesidad de contrastar y validar, mediante investigación aplicada, enfoques como los del i-Tree en nuestro contexto geográfico y con las especies de uso habitual en la península ibérica es perentoria. También en la identificación de esta exigencia, de esta reivindicación, el Canon de Belloch espera haber aportado su modesta, pero convencida, contribución.